Taquilla te ofrece en exclusiva desde el 15 de septiembre la ópera Turandot, de Puccini, con dirección musical del maestro Zubin Mehta y dirección de escena de Chen Kaige (director de 'Adiós a mi concubina'). En las voces principales: Maria Guleghina, Alexánder Tsimbaliuk, Marco Berti y Alexia Voulgaridou. ¡Cómprala a partir del 8 de septiembre por sólo 6¤!
Lunes 01-09-2008, 18:23h
UNA PRODUCCIÓN DE LUJO
A partir del 15 de septiembre, los abonados de Digital+ tendrán el privilegio de disfrutar de una intensa velada operística grabada en el flamante Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia, incluida en el I Festival del Mediterrani, en la que se representó una lujosa producción de la ópera "Turandot". La dirección musical estuvo a cargo del director hindú Zubin Mehta, un experto en el repertorio pucciniano que, al frente de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, supo aplicar con su habitual maestría los adecuados matices dramáticos que requiere la compleja partitura. El virtuosismo y la armonía que logra la orquesta junto al coro y los solistas, entre los que destaca la voz cálida y potente del tenor Marco Berti en el difícil papel de Calaf, se vieron complementados con una escenografía y una dirección de escena limpia y vivaz, toda ella alimentada por la tradición oriental de su director, el cineasta chino Chen Kaige, director de "Adios a mi concubina", ganadora de la Palma de Oro en 1993. Unos ingredientes que convierten a esta representación en un evento imprescindible para los amantes de la ópera y, además, en una inigualable obra de iniciación para los neófitos en el Noble Arte Lírico.
EL FIN DE UNA ERA
El 25 de abril de 1926 fue una de las fechas más señaladas de la historia de la ópera. En la función de aquella noche en el Teatro alla Scala de Milán, la catedral del arte lírico, sucedieron dos grandes acontecimientos: El estreno de "Turandot", la última ópera (póstuma) de uno de los grandes compositores de la historia del género, Giacomo Puccini, y la representación de un "testamento musical", la constatación de que se estaba asistiendo al final de una era.
"Turandot" está considerada por los musicólogos como el último drama romántico "al uso". A lo largo del siglo XX todavía habrían de llegar obras maestras del género como "Capriccio", la pieza conversacional para música compuesta por un crepúscular Richard Strauss, las óperas incompletas de Berg ( "Lulú") y Schönberg ("Moisés y Arón") o el exitoso debut operístico de Britten con "Peter Grimes", excepcionales composiciones que poseen la denominación de "ópera" pero que se alejan de las líneas melódicas y estéticas pertenecientes a la tradición musical italiana y, en menor grado, a la francesa y alemana. Giacomo Puccini fue el último gran nombre de ópera al que podríamos denominar «tradicional». El genio de Luca se convirtió en el último representante de esa raza de compositores de gran inspiración melódica, pulso dramático e instinto teatral que marcaron para siempre la historia del género lírico. Maestros como Pergolesi, Scarlatti, Vivaldi, Salieri, Rossini, Donizetti, Bellini y, por supuesto, Verdi, que durante más de dos siglos convirtieron a Italia en el centro de la ópera mundial.
LENGUAJE MUSICAL INNOVADOR
Existen varios factores que convierten a "Turandot" en una ópera inmortal: la capacidad para recrear un ambiente de fábula, el espectacular uso del coro, la inclusión de maravillosas e inspiradísimas arias que hoy en día se han convertido en las favoritas de todo el repertorio operístico, entre las que destacan "In questa reggia" y "Nessun dorma" y, sobre todo, el uso de un lenguaje orquestal absolutamente innovador. Aunque no era la primera vez que Puccini viajaba musicalmente a Oriente (ahí está su "Madama Butterfly"), el compositor realizó en «Turandot» un trabajo mucho más elaborado en la adaptación, y llegó a incluir motivos chinos auténticos en la partitura. También la riqueza armónica que presenta la ópera supone un paso adelante en su producción, con el empleo de maneras compositivas mucho más modernas que en el resto de sus obras, e incluso con la utilización de modos ajenos a la música europea. Todo ello sin dejar a un lado el fascinante dramatismo que destilaron siempre sus obras con unos extraordinarios contrastes líricos.
ARGUMENTO EXÓTICO Y FANTÁSTICO
"Turandot" es la primera ópera pucciniana de ambientación fantástica. La acción se desarrolla en el Pekin de la China Imperial, lugar donde el exotismo toma la propia forma del drama. El Lejano Oriente se convierte en una especie de reino de los sueños con apariciones, fantasmas, voces y sonidos provenientes de la otra dimensión de fuera de la escena. Un Pekin fantasmagórico en el que reina el terror bajo el yugo de la princesa Turandot, que ha decidido que sólo se casará con aquel Príncipe que consiga resolver los tres enigmas que ella le proponga. En caso contrario, la pena para el pretendiente es la muerte. En ese Pekín opresivo aparece Timur, un anciano rey tártaro depuesto, a quien acompaña su joven y fiel esclava Liu. Allí se encuentran con Calaf, hijo de Timur, a quien su padre creía muerto, y por quien Liu siente un secreto amor. Calaf resuelve los tres enigmas pero Turandot, vencida, no quiere cumplir su promesa. Calaf, entonces, le ofrece una alternativa. Si antes del amanecer ella consigue saber su nombre, él morirá. Si no, se casarán. Turandot ordena que nadie duerma en Pekín esa noche y que toda la ciudad intente descubrir el nombre. Liu es llevada ante Turandot y, temiendo revelar el nombre de Calaf bajo tortura, se clava un puñal. Horrorizado, el Príncipe reprocha a Turandot su crueldad y luego la besa apasionadamente. El beso deshace el hielo que envuelve a la Princesa, y se da cuenta de que está enamorada de Calaf, con quien, finalmente, accede a casarse. El amor ha vencido.
UN MOMENTO HISTÓRICO
Aquella noche de estreno de 1926 también es recordada por un suceso que aconteció inesperadamente y que hoy día forma parte de las anécdotas mas emblemáticas de la Historia de la Ópera. La función estaba dirigida por el mítico Arturo Toscanini y cantada por el gran tenor aragonés Miguel Fleta. Durante el tercer acto, después de la escena de la muerte Liu, Toscanini detuvo a la orquesta, tomó la partitura de Puccini en sus manos y pronunció una frase que ha pasado a la inmortalidad: «Aquí termina la ópera, porque en este punto murió el maestro».
En cierta manera, se trataba del fin de la Ópera, con mayúsculas.
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